El Marco Polo de Calvino era un traficante de información. Sus relatos de lejanas y brumosas ciudades, enmarcados por la reflexión dialéctica que el mítico viajero mantiene con Kublai Kan a lo largo de la obra, constituyen el bien último y más valioso que le devuelven sus viajes. El emperador mongol, preso de la centralización estructural de su dominio, depende de Marco Polo para entrar en contacto con su propia vastedad, de lo que el aventurero se sirve para conseguir un salvoconducto que le permita moverse libremente por un mundo oscuro y desconocido. Los datos que maneja Polo son, en esencia, la estructura de la relación entre los dos personajes, la cual constituye a su vez un ensayo microscópico de la fundamentación básica de las relaciones humanas y la creación de identidad: el cruce de información.

 Hoy día, Kublai Kan no necesitaría nada de Polo, podría sustituirlo con una tablet y un punto de acceso a internet. La hiperconexión que define la realidad actual basa su infinitud en un hito en el progreso humano que supone, de facto, un paso en fase beta hacia una condición de transhumanismo inevitable: el alcance de la ubicuidad. En contra de lo que las teorías de cuerpo sostienen —que estos solo son capaces de tener un hic i nunc, un aquí y un ahora— bastaría una pantalla para desmantelar el centralismo del imperio mongol, para que, casi con seguridad, rodara la cabeza del italiano y para que las ciudades invisibles de los cuentos saltaran al espectro (continuamente) visible.

 Nube urbana colectividad urbana

En el proceso dialéctico de la obra, el lector asiste a una forma arcaica de creación de memoria colectiva: un boca a boca lento y tortuoso que precisa del desplazamiento físico para la generación de información. La transmisión de esta es, además, lenta, supeditada a las capacidades móviles del cuerpo físico, por lo que es vulnerable a procesos de transformación por el camino. Por ello, pese a lo fantástico que resultan las historias de Polo, la imposibilidad del Kan de ir a verificar la información transmitida por sí mismo, allí donde las dendritas de su territorio se han expandido tanto que no las siente como propias, convierte la génesis de su conocimiento en un acto de pura fe. La realidad del mongol es lo que ve, y donde allí donde no llegan sus ojos, se sirve de los de Polo. 

Un nuevo modelo de colectividad urbana

 La colectividad contemporánea es justo lo contrario a lo expuesto hasta ahora. Es pura inmediatez. Lo físico es ahora una limitación y el aquí y el ahora se han redefinido, desvestidos ya de su singularidad. El individuo actual es un desdoblamiento en cuerpo físico y perfiles virtuales, su identidad replicada tantas veces como lo desee, generando en cada una de las copias las modificaciones que se le antoje, dejando un rastro de vástagos que, al igual que pasa con la transmisión del ADN, contienen solo fragmentos del original, esta vez seleccionados por sí mismo. El sujeto ha pasado a ser una red, o subred, cuyas conexiones con otros sujetos conforman aglomeraciones sucesivamente superiores hasta llegar al orden global, siendo al mismo tiempo un ente físico, como un electrón es tanto una partícula como una onda, según la manera en que se observe.

 Nube urbana colectividad urbana

 La pregunta inevitable es, entonces, cómo afecta todo esto a conceptos como lo colectivo, el espacio público o la ciudad en sí misma. La colectividad es, en su forma más refinada, el puro intercambio de información entre individuos (subredes). Fenómenos como la irrenunciable politización del cuerpo humano, en tanto este decide ocupar o no un espacio, como expone Léopold Lambert en su Topie Impitoyable (2016) se mueven en un mundo cuyos eventos solo tienen una traducción física en momentos puntuales, pues aún en su inmediatez, la realidad es verdaderamente contundente cuando puede tocarse, cuando se juntan los codos y se ocupa de manera jerárquica el orden concreto por encima de las representaciones virtuales.

 Quizás el modelo de ciudad presente y futuro deba más hacia términos computacionales como el de nube, en el que lo que puede ofrecer el encuentro se entregue como servicio, a cuya disponibilidad se acceda como usuario que ignora la gestión de los mismos. Una concepción en la que el ciudadano es Kublai Kan y Marco Polo separadamente y al mismo tiempo, además de otras tantas versiones de sí mismo, inmersos en un imperio personal que se aleja de la concepción nerviosa central, pasando a ser una neurona más, un electrón, un superconductor de paquetes de información que bullen, chocan, se solapan y se interfieren entre sí sin descanso. Una estratificación multinivel en la que, sobre las capas de espacio y de tiempo (y su combinación en movimientos, acciones, aceleraciones, etc) se superponen conexiones e hiperconexiones, donde los términos mutan en servicios, perfiles, inputs y outputs. Una ciudad catapultada, o reducida, a sus ceros y unos, cuyas relaciones sobreviven a sus elementos.